20 Agosto 2006
Chicago.

Entre el agua y el cielo

Nota publicada en portal web español Diario Montanes, el 19 de agosto de 2006.

ANA MENDIETA/ El urbanismo más avanzado y los lagos ayudan a revisar la imagen de una ciudad que, pese a su seguridad, arrastra el mito de los gángsters Ya lo dijo Frank Sinatra en su famosa canción: ni el predicador evangelista Billy Sunday en su ferviente cruzada por la Ley Seca de los años veinte pudo cambiar el carácter de esta ciudad al pie del lago Michigan, que toca el cielo a ritmo de blues y jazz con rascacielos emblemáticos como el 'Sears Tower'. Una impresionante arquitectura erigida tras el devastador incendio de 1871 -inicialmente achacado a una vaca- y que culmina con el ambicioso proyecto del Millennium Park y la próxima torre espiral del arquitecto Santiago Calatrava hacen que Chicago, con su oferta multicultural y una historia rica en sucesos curiosos y cruentos, no tenga nada que envidiar a otras grandes urbes estadounidenses. Millennium Park, inaugurado hace dos años, es la primera parada obligatoria una vez que nos adentramos en la avenida Michigan a la altura de Grant Park, en el mismo centro neurálgico de Chicago y también muy cerca del lago. Lo primero que sorprende es la inmensidad del parque, un ambicioso proyecto de 101.000 metros cuadrados y 500 millones de dólares -el doble de lo previsto- que, tras cinco años de obras, ha conseguido resucitar una gran superficie baldía de Grant Park y cumplir así el sueño del actual alcalde, Richard Daley, de terminar el plan original de Chicago diseñado en 1909. Cerca de la columnata romana de la entrada está el auditorio Jay Pritzker (todos los monumentos llevan el nombre de su benefactor), inconfundible obra de Frank Gehry por sus majestuosas placas de acero y una gran malla enrejada de donde cuelgan los amplificadores para mejorar la acústica del escenario. Caben nada menos que 7.000 espectadores -4.000 de ellos sentados- y una capa de arena bajo el césped hace que se seque pronto si llueve. Gehry también diseñó el serpenteante puente BP, que une el Millennium Park con el lago. A un lado del auditorio se encuentra 'Cloud Gate', polémica obra concebida por el escultor Anish Kapoor como una nube de metal sólido de 110 toneladas -un espejo de espejos conocido como 'la alubia'- que refleja los gigantescos rascacielos y la avenida Michigan de fondo. La originalidad y la interactividad también reinan en el Crown Fountain del escultor catalán Jaume Plensa, un espacio de 2.200 metros cuadrados con dos bloques de vidrio de 15 metros de altura desde donde se proyectan las imágenes sincronizadas de mil rostros de Chicago que disparan chorros de agua de sus labios. Entre los bloques de vidrio se extiende una superficie de granito africano negro apenas cubierta por una capa de agua. Este parque ha ayudado a revitalizar el turismo tanto que Chicago ya recibe al año más de 32 millones de visitantes (casi un millón de ellos extranjeros) y unos ingresos medios de 9 billones de dólares, según Dorothy Coyle, directora de la Oficina de Turismo de Chicago. Hasta junio de 2007, además, el Millennium Park será escenario de numerosos conciertos y actos culturales bajo el proyecto 'Silk Road Chicago', ideado por el chelista Yo-Yo Ma para celebrar el legado artístico de la Ruta de la Seda y unir tradiciones de diversas partes del mundo bajo el telón de fondo multicultural de Chicago. La ciudad respira diversidad y grandes contrastes culturales, urbanísticos y socioeconómicos por todos sus poros. Los rascacielos de viviendas más pobres y marginales están sólo a unos tres o cuatro kilómetros al sur de la opulencia y pulcritud del Magnificent Mile, la zona comercial más cara de la avenida Michigan. Comidas y colores Igual de sorprendente es encontrar dos monumentales banderas metálicas de Puerto Rico flanqueando el barrio de Humboldt Park, donde la comunidad puertorriqueña formó su propio enclave étnico en los años setenta y donde aún se puede saborear el mejor mofongo de Chicago (plátano macho cocido con chicharrones de cerdo, acompañado de un caldo). O entrar de lleno en el corazón de México al visitar el barrio de Pilsen (antiguamente centroeuropeo) al sur de Chicago, y ver al perfecto ranchero con sombrero vaquero comiéndose con calma un taco de cecina y cilantro a la puerta de una taquería; o a un vendedor ambulante untando generosamente mayonesa sobre un elote o mazorca de maíz y espolvoreándolo de queso rallado y chile rojo en polvo, o cortando mango en trocitos para servirlo con limón. Del mismo modo, se puede estar rodeado de restaurantes, bazares y edificios de arquitectura china en Chinatown y no escuchar una palabra de inglés; o transportarse a ritmo de blues a barrios como Bronzeville, donde miles de afroamericanos vinieron en los años treinta desde las plantaciones de Louisiana y Mississippi en busca de una vida mejor, y donde todavía quedan muchas mansiones de piedra gris labrada que ahora se intentan preservar. No podemos dejar de visitar la casa de Frank Lloyd Wright, un visionario de la arquitectura que dejó su huella en la localidad de Oak Park, a una media hora de Chicago, donde nació Ernest Hemingway. Regresando de nuevo al centro o downtown, para tener las mejores vistas de Chicago hay que subir al skydeck de la 'Sears Tower' (233 S. Wacker), el tercer rascacielos más alto del mundo (445 metros frente a los 509 metros de la torre 'Taipei 101', en Taiwán) y el mayor de Estados Unidos tras el atentado contra las 'Torres Gemelas' de Nueva York. Chicago es precisamente la capital de la arquitectura moderna, la cuna de los rascacielos después del incendio de 1871, que permitió reconstruir la ciudad. Los primeros rascacielos -como el 'Rookery Building', 209 S. LaSalle, de 1886- ya incorporaban una novedosa estructura de hierro y acero. Después destacaron moles como el 'Wrigley Building' (400 N. Michigan, 1921-24), inspirado en la Giralda de Sevilla; y el 'Tribune Tower' (435 N. Michigan, 1925), que se alza como una catedral medieval. Bajo el lema de 'Menos es más', el arquitecto Ludwig Mies van der Rohe levantó los rascacielos más sobrios y funcionales y también más conocidos de Chicago, como el 'Marina City' (300 N.State, 1964) o el 'Federal Center' (219 S. Dearborn, 1964-75), con el espectacular flamingo rojo de Alexander Calder a sus pies. Pero uno no puede irse de Chicago sin escuchar un buen blues o un jazz y sin ver las mejores vistas de la urbe, el skyline, con todos los edificios junto al lago, desde el planetario Adler Planetarium (1300 S. Lake Shore Drive).




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